Inicio / Romance / La Obsesión de Donovan / Capítulo 4: El Peso del Agua
Capítulo 4: El Peso del Agua

 

[Narrado por Mia Blackwood]

El desayuno fue una tortura refinada. Ver a Liam sentado a la mesa, integrado perfectamente entre mis hermanos y sus hermanas, me revolvía el estómago. Casey y Cleo reían de sus anécdotas en el ejército, mientras Dominic le servía café como si fuera su mejor amigo.

Yo era la extraña en mi propia casa.

—¿No vas a probar los huevos, Pulga? —preguntó Spencer con esa sonrisa lánguida suya—. Liam dice que en la base soñaba con un desayuno así.

—No tengo hambre —mascullé, clavando el tenedor en una fresa como si fuera el corazón de alguien. De "alguien" que estaba sentado justo frente a mí.

Liam levantó la vista de su plato. Sus ojos café se clavaron en los míos, cargados de una arrogancia silenciosa que me desafiaba a explotar.

—La falta de glucosa te pone de mal humor, Nena —soltó él, con una voz lo suficientemente alta para que todos lo oyeran—. Y considerando lo mucho que gritaste anoche, necesitas recuperar energías.

El silencio que siguió fue sepulcral. Dominic arqueó una ceja y mi padre dejó de leer el periódico para mirarnos. Sentí que el calor me subía por el cuello hasta las orejas.

—¿Gritar? —repitió mi padre con voz peligrosa—. ¿Qué significa eso, Donovan?

—Gritos de protesta, señor —respondió Liam, sin apartar la vista de mí, con una chispa de malicia pura—. Su hija tiene una resistencia impresionante a la autoridad. Casi... admirable.

—Es un animal, papá —intervine, tratando de recuperar el control—. Me trató como a una criminal.

—Te trató como a una fugitiva, que es lo que eras —replicó Dominic, volviendo a su comida—. Deja de quejarte, Mia.

Me levanté de la mesa, incapaz de soportar un segundo más de su prepotencia. Salí hacia el área de la piscina, buscando el aire fresco de la mañana, pero escuché sus pasos rítmicos y pesados detrás de mí. Sabía que era él. El olor a menta y peligro lo delataba.

—¿A dónde vas ahora, Princesa? —se burló Liam, alcanzándome junto al borde de la piscina—. ¿Vas a intentar saltar el muro de nuevo? Porque te advierto que hoy llevo zapatos de correr, no me costará nada alcanzarte.

Me giré bruscamente, con los puños cerrados. El sol de la mañana hacía que su piel se viera aún más bronceada y sus hombros más anchos. Me sacaba casi dos cabezas de altura.

—¡Déjame en paz, Donovan! —le grité, dándole un empujón en el pecho. Fue como chocar contra una pared de concreto—. ¡Vete con tus hermanas! ¡Vete a contarles cuentos de guerra y déjame vivir mi vida!

—Tu vida es mi trabajo ahora —dijo él, dando un paso hacia delante, obligándome a retroceder hacia el borde del agua—. Y mi trabajo sería mucho más fácil si dejaras de actuar como una niña mimada que no sabe lo que quiere.

—¡Sé perfectamente lo que quiero! ¡Quiero que te largues de mi vista! —le di otro empujón, esta vez con más fuerza, cargada de toda la frustración de las últimas doce horas.

Liam no se movió, pero sus ojos se oscurecieron. Su mano atrapó mi muñeca con la rapidez de una cobra.

—No vuelvas a ponerme las manos encima si no estás dispuesta a aceptar las consecuencias, Mia —advirtió en un susurro ronco.

—¿O qué? ¿Me vas a castigar? —lo provoqué, acercándome a su rostro, desafiando la tormenta que veía en sus pupilas—. ¡Eres un cobarde que solo sabe usar la fuerza porque no puede controlar a una mujer con palabras!

Le di un último empujón rabioso, pero esta vez perdí el equilibrio. Mis pies descalzos resbalaron en el borde húmedo de la piscina. En un acto reflejo, me aferré a las solapas de su camisa gris, arrastrándolo conmigo.

El impacto del agua fría nos envolvió en un estruendo blanco.

Emergimos segundos después, jadeando. El agua nos cubría hasta el pecho. Mi cabello pelirrojo estaba pegado a mi cara y mi vestido verde esmeralda se sentía como una segunda piel pesada. Liam me tenía sujeta por la cintura para evitar que me hundiera, y yo, por instinto, rodeaba su cuello con mis brazos.

Estábamos tan cerca que nuestras respiraciones se mezclaban en el aire húmedo. El agua chorreaba por su mandíbula y sus labios estaban a escasos centímetros de los míos. Por un momento, el odio se transformó en una tensión eléctrica que me hizo temblar. Sus ojos bajaron a mi boca y yo sentí un tirón de deseo tan violento que me asustó.

—¡MIA! ¡LIAM!

La voz atronadora de mi padre nos separó como un latigazo. Elias Blackwood estaba en el borde de la piscina, con el rostro congestionado de furia. Detrás de él, Cleo y Casey nos miraban con los ojos como platos.

Liam me soltó de inmediato, recuperando su máscara de frialdad en un segundo, mientras yo me quedaba allí, flotando, sintiéndome pequeña bajo la mirada de mi padre.

—¡Fuera de ahí ahora mismo! —ordenó mi padre—. ¡Mia, esto es el colmo del ridículo! ¡Pareces una salvaje peleando en el barro! ¡Le debes una disculpa a Liam por este espectáculo patético!

Sentí como si me hubieran dado una bofetada. ¿Disculparme? ¿Yo?

—¡Él me provocó, papá! —exclamé, saliendo por la escalera de metal, con el agua escurriendo y empapando el suelo.

—¡Basta! —rugió Elias—. Estás castigada. Sube a tu habitación ahora mismo. No quiero verte en todo el día. Liam, lo siento mucho. Ella no sabe comportarse.

Miré a Liam. Él ya estaba fuera del agua, secándose la cara con las manos. No me defendió. No dijo que él me había retado hasta el límite. Simplemente se quedó allí, erguido, con esa mirada de superioridad, mientras mi padre me humillaba frente a todos. Incluso mis cuñadas guardaron silencio, abrumadas por el estallido de mi padre.

La humillación me quemó más que el agua fría. No dije ni una palabra. Me abracé a mí misma, sintiendo el frío calar mis huesos, y caminé hacia la mansión con la cabeza baja. Crucé el pasillo, ignorando los llamados preocupados de Cleo.

Subí las escaleras corriendo, entré en mi cuarto y cerré la puerta con llave. No quería ver a nadie. No quería ser una "Pulga", ni una "Princesa", ni una "Nena". Quería desaparecer. Liam Donovan no solo me había quitado mi libertad; me había quitado mi dignidad frente a mi propia familia.

Y lo peor de todo... es que todavía podía sentir el calor de sus manos en mi cintura y el sabor de su aliento en mis labios.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP