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Capítulo 7: Fuego bajo el Agua

 

[Narrado por Mia Blackwood]

El vino tinto se sentía como una corriente cálida y peligrosa corriendo por mis venas. Dos copas se convirtieron en cuatro, y la frustración que me apretaba el pecho se transformó en una temeridad líquida. Emma e Isabella no dejaban de parlotear sobre lo "afortunada" que era de tener a un semental como Liam cuidando mi puerta, y cada palabra suya era un clavo más en mi paciencia.

—¿Quieren ver al "ejemplar de catálogo" en acción? —solté, levantándome con un mareo ligero pero placentero—. Vamos a la piscina. Tengo calor.

—¡Mia, tu padre te matará si te ve fuera de la habitación! —chilló Emma, aunque sus ojos brillaban de emoción.

—Mi padre está en su despacho y mi "dueño" está en el pasillo —sonreí con malicia—. Vamos a darle algo que vigilar.

Salimos al balcón que conectaba con las escaleras traseras del jardín. Bajamos como sombras, riendo en susurros, hasta que el resplandor azul de la piscina iluminó nuestras caras. El aire nocturno estaba fresco, pero yo sentía que me incendiaba por dentro.

Llegué al borde del agua y, sin pensarlo, empecé a deshacerme del vestido de seda negro. Los cierres cedieron y la tela resbaló por mi piel hasta quedar amontonada en mis pies. Me quedé en mi lencería de encaje oscuro, sintiendo la mirada de mis amigas y, sobre todo, la presencia que sabía que no tardaría en aparecer.

—¡Mia! ¡Estás loca! —susurró Isabella, mirando hacia la mansión.

—¡Blackwood! —la voz de Liam tronó desde las sombras, cargada de una furia contenida que me hizo vibrar—. ¡Ponte el vestido ahora mismo y sube a tu cuarto!

Me giré lentamente, con una sonrisa lánguida y los ojos nublados por el alcohol. Liam estaba allí, a pocos metros, con la mandíbula tan apretada que parecía que iba a estallar. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una mezcla de hambre y desprecio que me hizo sentir poderosa por primera vez en el día.

—¿Qué pasa, Donovan? —lo provoqué, dando un paso hacia él, dejando que el encaje apenas cubriera lo necesario—. ¿No es esto lo que querías? ¿Una "princesa de cristal" para tu colección? ¿O es que te asusta lo que ves?

—Estás borracha —siseó él, acercándose hasta que su calor corporal me envolvió—. Emma, Isabella, váyanse. Ahora. O le diré a Elias que permitieron que su hija se pusiera en este estado.

Mis amigas, intimidadas por la autoridad pura que emanaba de él, no tardaron ni dos segundos en salir corriendo hacia la casa. Nos quedamos solos. El silencio de la noche solo se rompía por nuestras respiraciones agitadas.

—No me toques —le advertí cuando intentó sujetarme del brazo, pero mis palabras no tenían fuerza—. Eres un matón. Un mentiroso que le dice a mis cuñadas que soy una niña malcriada...

—Lo eres —replicó él, acortando la distancia hasta que su pecho rozó el mío—. Eres una niña caprichosa que usa su cuerpo para llamar la atención porque no sabe cómo ganar una pelea de verdad.

—¡Te odio! —le grité, empujándolo con todas mis fuerzas.

Esta vez, la colisión no nos separó. Liam me atrapó las muñecas con una sola mano, inmovilizándolas sobre mi cabeza, y me empujó contra una de las columnas de piedra cercanas a la piscina. El contacto físico fue eléctrico. Sus piernas se entrelazaron con las mías y pude sentir la dureza de su cuerpo contra el mío, una presión que me robó el aliento.

—¿Me odias, Nena? —susurró, bajando la cabeza hasta que sus labios rozaron mi oreja. Su aliento a menta me mareó más que el vino—. Me odias porque soy el único que no te tiene miedo. El único que te ve tal como eres: una pequeña pelirroja desesperada por sentir algo real.

—Suéltame... —mi voz se quebró. Ya no era una orden, era casi un ruego.

Sus ojos bajaron a mis labios y, por un segundo eterno, creí que iba a besarme. La tensión erótica era tan espesa que dolía. Sus dedos apretaron mis muñecas con una firmeza que bordeaba el dolor placentero, y yo arqueé la espalda hacia él, buscando más de ese contacto prohibido.

Pero entonces, la mirada de Liam cambió. La lujuria se transformó en una determinación fría.

—Necesitas despertarte, Princesa —dijo con voz ronca.

Antes de que pudiera procesar sus palabras, me soltó las muñecas y, con un movimiento rápido y certero, me empujó hacia atrás.

El agua fría de la piscina me tragó de golpe.

El impacto fue como una bofetada helada que me despejó la mente al instante. Emergí jadeando, con el cabello pegado a la cara y el encaje pesado por el agua. Miré hacia el borde. Liam estaba allí, de pie, impecable y seco, mirándome desde arriba con una expresión de absoluta suficiencia.

—Quédate ahí hasta que se te pase la borrachera —ordenó, cruzándose de brazos—. Cuando dejes de oler a vino y de actuar como una exhibicionista, te daré permiso para entrar.

—¡Eres un hijo de puta, Donovan! —le grité, golpeando el agua con rabia.

—Y tú estás empapada, Nena —respondió él, dándose la vuelta para caminar hacia la casa sin mirar atrás—. Tienes diez minutos. Si no estás en tu cama para entonces, entraré yo a buscarte. Y créeme, no querrás que te "ayude" a secarte.

Me quedé sola en la piscina, temblando de frío y de una furia que empezaba a confundirse peligrosamente con otra cosa. Liam Donovan me había humillado de nuevo, pero esta vez, el roce de su cuerpo contra el mío había dejado una marca que el agua fría no podía borrar.

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