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Capítulo 2: El Intocable Donovan

 

[Narrado por Mia Blackwood]

—¡Suéltame, animal! ¡Te juro que mi padre te va a colgar de los pulgares en el sótano! —grité, golpeando con mis puños cerrados la espalda de acero de aquel hombre.

No me servía de nada. Liam Donovan subía las escaleras imperiales de la mansión conmigo al hombro como si yo fuera un saco de papas y no la heredera de los Blackwood. El eco de mis gritos rebotaba en las paredes de mármol, atrayendo las miradas de los invitados que aún quedaban en el vestíbulo.

Cuando llegamos al rellano del segundo piso, me soltó. No fue una caída suave; me dejó caer de pie con una brusquedad que me obligó a tambalearme sobre mis pies descalzos.

—¿Tienes algo de educación en ese cuerpo de matón? —le siseé, acomodándome el vestido verde con manos temblorosas de pura rabia. Tenía el cabello rojo despeinado y la cara encendida—. ¡Largo de aquí! ¡Estás despedido! ¡Fuera de mi vista antes de que llame a mis hermanos!

Liam ni siquiera parpadeó. Se ajustó los puños de la camisa negra con una calma que me pareció el insulto más grande del mundo. Su mirada recorrió el pasillo y luego se clavó en mí, fría, analítica, como si estuviera evaluando una falla en un sistema de seguridad y no a una mujer furiosa.

—Tus hermanos están ocupados, Princesa —respondió con esa voz profunda que vibraba en el aire—. Y lamento informarte que tus gritos no figuran en mi lista de prioridades. Mi prioridad es que no vuelvas a saltar por una ventana como una adolescente desesperada.

—¡Yo no salto por ventanas, escapo de cárceles! —le grité, dando un paso hacia él, invadiendo su espacio personal—. Y tú eres el carcelero más arrogante y prepotente que mi padre ha contratado. No durarás ni veinticuatro horas. ¡Largo!

—¿Algún problema, Mia?

La voz gélida de mi padre, Elias Blackwood, resonó desde el final del pasillo. Venía caminando con paso firme, seguido por Dominic, que tenía una expresión de pocos amigos. Me giré hacia él, sintiendo una chispa de triunfo.

—Papá, este... este bruto me ha cargado como a un animal frente a los invitados. Me ha faltado al respeto y me ha dado órdenes —señalé a Liam con el dedo índice—. Despídelo ahora mismo. Es un incompetente arrogante.

Esperaba que mi padre estallara. Esperaba ver a Liam humillado y escoltado hacia la salida. Pero el silencio que siguió fue sepulcral. Mi padre se detuvo frente a nosotros, miró a Liam y luego me miró a mí con una decepción que me dolió más que cualquier golpe.

—Liam Donovan no va a ninguna parte, Mia —sentenció mi padre.

—¿Qué? ¡Papá, me ha puesto las manos encima!

—Porque intentaste escapar de nuevo —intervino Dominic, cruzándose de brazos con una mueca de suficiencia—. Donovan solo ha cumplido con su deber. Es el mejor en lo que hace, y francamente, es el único con la paciencia suficiente para soportar tus berrinches, Pulga.

Me quedé boquiabierta. Miré a Liam, esperando ver algún rastro de arrepentimiento, pero lo que encontré fue una sonrisa apenas perceptible, una sombra de prepotencia que me hizo querer abofetearlo.

—Señor Blackwood —habló Liam, dirigiéndose a mi padre con una seguridad absoluta, ignorándome por completo como si yo fuera un mueble—. La seguridad perimetral de la habitación de su hija es deficiente. Si ella pudo salir por la enredadera, cualquier profesional puede entrar. He tomado la libertad de confiscar sus llaves y he instalado un sensor de movimiento en su balcón. A partir de ahora, nadie entra o sale sin que yo lo autorice.

—¡Es mi habitación, no una celda de máxima seguridad! —exclamé, sintiendo que las paredes se cerraban sobre mí—. ¡No puedes quitarme las llaves!

—Puedo y lo hice —replicó Liam, sacando un manojo de llaves de su bolsillo y haciéndolas tintinear frente a mis ojos con una insolencia insoportable—. Es por tu propia seguridad, Nena. Aunque dudo que sepas lo que esa palabra significa.

Mi padre asintió, dándole su aprobación silenciosa. —Liam tiene autoridad total, Mia. Si él dice que te quedas en tu cuarto, te quedas. Si él dice que vas escoltada, vas escoltada. No quiero más escándalos.

Se dieron la vuelta y me dejaron allí, sola con mi nuevo verdugo. La prepotencia de Liam emanaba de él en oleadas. Se apoyó contra el marco de mi puerta, bloqueando la entrada con su cuerpo imponente.

—Parece que nos vamos a llevar muy bien, Princesa —se burló, recorriéndome con la mirada de arriba abajo—. Ahora, entra. Y no intentes nada creativo con las sábanas para bajar por el balcón. El sensor detecta hasta el vuelo de una mosca.

—Te odio —le siseé, acercándome tanto que podía sentir el calor de su cuerpo—. Te juro por mi vida que te voy a destruir. Voy a hacer que ruegues por irte de esta casa.

Liam se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio hasta que nuestras narices casi se rozaron. Sus ojos oscuros brillaron con un desafío peligroso.

—Muchos hombres lo han intentado en campos de batalla reales, Nena. Y aquí sigo —susurró, y por un momento, la tensión entre nosotros fue tan espesa que casi podía tocarse—. Entra en la habitación. Ahora. Es una orden.

Entré de un empujón, dándole un hombro al pasar, y cerré la puerta con toda la fuerza que pude. Escuché su risa seca desde el otro lado y el sonido metálico de la llave girando en la cerradura.

Me tiré sobre la cama, gritando contra la almohada. No sabía quién se creía ese Liam Donovan, pero se había metido con la Blackwood equivocada. Lo que él llamaba "orden", yo lo llamaba un reto. Y en esta mansión, nadie ganaba un reto contra mí.

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