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Capítulo 5: El Cristal Roto

 

[Narrado por Mia Blackwood]

El silencio de mi habitación se sentía como una losa de concreto. Me había quedado envuelta en una bata de seda, con el cabello pelirrojo aún húmedo y enredado, mirando fijamente la puerta cerrada. La humillación de la piscina seguía quemándome la garganta. Mi padre nunca me había hablado así frente a extraños, y Liam... Liam simplemente se había quedado allí, victorioso, viendo cómo me hundía.

A media tarde, el hambre y la sed vencieron a mi orgullo. Necesitaba salir de esa jaula, aunque fuera por cinco minutos, para bajar a la cocina. Me deslicé por el pasillo como una sombra, evitando las zonas principales, hasta que llegué a la balconada que daba al salón de estar privado.

Escuché voces. Voces que conocía demasiado bien.

—Liam, te pasaste —la voz de Cleo sonaba firme, cargada de esa autoridad maternal que solía usar con Dominic—. No puedes tratarla así frente a Elias. Sabes lo estricto que es el coronel Blackwood con las apariencias. La humillaste.

Me detuve en seco, ocultándome tras una columna de mármol. Mi corazón dio un vuelco. Mis cuñadas me estaban defendiendo.

—Cleo tiene razón, hermanito —añadió Casey, y escuché el tintineo de una taza de té—. Mia es rebelde, sí, pero tiene un corazón de oro. La estás presionando demasiado. No es uno de tus reclutas en la base, es una mujer joven que solo quiere un poco de aire. Sé un poco más suave.

Contuve el aliento, esperando escuchar un ápice de arrepentimiento en la voz de mi verdugo. Un silencio tenso llenó el salón antes de que la voz de Liam, fría y cargada de una arrogancia cortante, destrozara mis esperanzas.

—Por favor —soltó Liam con una risa seca y burlona que me caló hasta los huesos—. No me vengan con sentimentalismos. Mia Blackwood no es más que una chica malcriada y mimada que nunca ha escuchado un "no" en su vida. Se comporta como una niña caprichosa porque sabe que sus hermanos saltarán a protegerla. Mi trabajo es mantenerla a salvo, no lamerle las heridas cada vez que hace un berrinche porque no la dejo escaparse a una fiesta.

—Liam, no seas cruel... —susurró Cleo.

—No soy cruel, soy realista —sentenció él, y pude imaginarlo cruzado de brazos, con esa mirada de acero—. Es una princesa de cristal que se rompe en cuanto alguien le marca el paso. Si quiere respeto, que empiece por dejar de actuar como una cría de cinco años.

La furia me nubló la vista. Las lágrimas, que había estado conteniendo toda la tarde, amenazaron con salir de nuevo, pero esta vez eran de puro odio. Di un paso atrás, con la intención de huir de allí antes de que me escucharan llorar, pero mi pie tropezó con el pedestal de un jarrón de porcelana azul que decoraba el pasillo.

El estrépito del cristal chocando contra el suelo resonó como un disparo en toda la mansión.

—¿Mia? —la voz de Casey subió de inmediato.

Me quedé paralizada, mirando los restos del jarrón a mis pies descalzos. En segundos, las tres siluetas aparecieron al final del pasillo. Cleo y Casey me miraron con una expresión de dolor absoluto, como si les doliera que yo hubiera escuchado aquello. Liam, por el contrario, permaneció impasible, con las manos en los bolsillos, aunque sus ojos se entrecerraron al ver mi rostro desencajado.

—Mia, cielo, no es lo que parece... —comenzó Cleo, dando un paso hacia mí con los brazos extendidos.

—Nena, escucha... —intentó Liam, dando un paso al frente, y por un microsegundo, creí ver una sombra de duda en su mirada.

No los dejé hablar. No podía. Sentía que si abría la boca, me rompería en mil pedazos frente a ellos, dándole la razón a él. Los miré a los tres, pero mi mirada se clavó en la de Liam con un desprecio tan profundo que él llegó a tensar la mandíbula.

—Tienen razón —dije con la voz rota, pero cargada de veneno—. Soy una princesa de cristal. Y espero que te cortes cuando termines de romperme, Donovan.

Me di la vuelta y corrí. Escuché a Casey llamarme, escuché los pasos pesados de Liam intentando seguirme, pero fui más rápida. Entré en mi habitación, cerré la puerta y, por primera vez, no solo eché la llave, sino que arrastré la pesada cómoda de madera frente a la entrada.

—¡Mia, abre! —era la voz de Cleo, golpeando suavemente la madera—. Por favor, hablemos. Liam no quería decir eso...

—¡Váyanse! —grité desde el otro lado, tirándome al suelo, abrazando mis rodillas—. ¡No quiero ver a nadie! ¡Déjenme en paz!

—Mia, soy yo —esta vez fue la voz de Liam, baja, autoritaria pero con un matiz diferente—. Abre la puerta. Tenemos que hablar de esto.

—¡Vete al infierno, Donovan! —le rugí, sollozando con rabia—. ¡Búscate a otra chica malcriada a la que vigilar! ¡Para mí estás muerto!

Me quedé allí, en la oscuridad de mi cuarto, escuchando cómo insistían durante lo que parecieron horas. Casey lloró un poco, Cleo intentó razonar, y Liam... Liam se quedó en silencio tras la puerta mucho tiempo después de que las chicas se rindieran. Podía sentir su presencia ahí fuera, como un fantasma, pero no cedí.

No iba a abrirle a nadie. No iba a permitir que me vieran débil nunca más. Si Liam Donovan quería una guerra con una "chica malcriada", estaba a punto de descubrir que las princesas de cristal también tienen bordes afilados que pueden desangrar a un soldado.

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