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Capítulo 6: Copas de Hielo y Silencio

 

[Narrado por Mia Blackwood]

El hambre era un vacío físico, pero el orgullo era una coraza que me pesaba en los huesos. Bajé a cenar solo porque mi padre envió a Dominic a decirme que, o bajaba por mi propio pie, o me sacaban a rastras. Me puse un vestido de seda negro, sencillo pero letal, y me maquillé para ocultar el rastro de las lágrimas.

Cuando entré al comedor, el silencio cayó como una guillotina. Casey y Cleo se levantaron de inmediato, con los ojos llenos de una súplica que ignoré olímpicamente.

—Mia, cielo, te hemos guardado sitio aquí —dijo Cleo, señalando la silla entre ella y Casey.

No respondí. Ni siquiera las miré. Caminé con la cabeza alta y me senté en el extremo opuesto de la mesa, lo más lejos posible de los Donovan. Liam estaba allí, por supuesto, impecable en una camisa negra con las mangas remangadas, observándome con una fijeza que me quemaba la piel.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó Spencer, frunciendo el ceño mientras miraba a su esposa y luego a mí—. Ustedes tres suelen ser inseparables. ¿Otra pelea por ropa?

—No es nada, Spencer —susurró Casey, con la voz quebrada.

—No parece "nada" —intervino Dominic, mirando a Liam con sospecha—. Donovan, ¿pasó algo que deba saber?

—Tu hermana está teniendo un día difícil, eso es todo —respondió Liam con una frialdad profesional que me dio ganas de lanzarle la copa de vino a la cara.

Me mantuve en absoluto silencio durante veinte minutos. Cada vez que Cleo intentaba pasarme la sal o Casey me preguntaba algo sobre un libro, yo simplemente miraba a través de ellas como si fueran de cristal. Me dolía, pero el eco de las palabras de Liam —chica malcriada, princesa de cristal— seguía retumbando en mi cabeza.

La tensión se rompió con el timbre de la mansión. Minutos después, Emma e Isabella, mis dos amigas más cercanas y las personas más superficiales que conocía, entraron al comedor como un torbellino de perfume y risas.

—¡Mia, nena! No contestabas el teléfono y decidimos asaltar tu fortaleza —exclamó Emma, deteniéndose en seco cuando sus ojos aterrizaron en el hombre sentado a la mesa—. Oh... por Dios. ¿Quién es este ejemplar de catálogo?

Isabella se quedó boquiabierta, recorriendo los músculos de Liam con una desfachatez que me revolvió el estómago.

—Es Liam —dije secamente, siendo la primera vez que abría la boca en toda la noche—. Mi nuevo perro guardián. No muerde si le das una galleta.

Vi cómo la mandíbula de Liam se tensaba tanto que creí que se rompería. Emma se acercó a él, apoyando una mano en el respaldo de su silla con un coqueteo evidente.

—¿Guardaespaldas? —ronroneó ella—. Vaya, Mia, con uno así yo también me portaría mal a propósito. ¿Estás soltero, Liam? ¿O necesitas que alguien te vigile a ti?

Liam ni siquiera la miró; sus ojos seguían clavados en mí, oscuros y peligrosos. Yo me levanté bruscamente, dejando la servilleta sobre la mesa.

—Vámonos arriba —les dije a mis amigas—. Este lugar se ha vuelto sofocante.

—¡Pero Mia! —protestó Isabella, mirando a Liam—. Acabamos de llegar y el paisaje es... increíble.

—Dije que subamos. Ahora —mi tono no admitía réplica.

Ignoré las miradas dolidas de mis cuñadas y la expresión confusa de mis hermanos. Subimos a mi habitación y cerré la puerta con llave, dejando fuera al mundo y, sobre todo, a él.

—¡Mia, estás loca! —chilló Emma, tirándose en mi cama—. ¡Ese hombre es un dios griego! Esos hombros, esa mirada... parece que te va a devorar en cualquier momento.

—Es un imbécil —respondí, caminando hacia el minibar de mi cuarto y sirviéndome una copa de vino tinto con manos temblorosas.

—Un imbécil muy guapo —insistió Isabella—. ¿Viste cómo se le marcaba la camisa? Si yo fuera tú, ya habría "saltado por la ventana" solo para que me atrapara otra vez. Cuéntanos, ¿qué tal es? ¿Es tan rudo como parece?

Me bebí la mitad de la copa de un trago. Sus palabras me trajeron de vuelta el recuerdo de la piscina. El calor de sus manos en mi cintura, la humedad de su aliento, la forma en que su cuerpo se sentía contra el mío bajo el agua... y luego, la humillación. El vacío. La forma en que me dejó caer frente a mi padre sin mover un dedo.

—No es nada —mentí, sintiendo el nudo en la garganta—. Solo es un empleado más que se cree dueño de la casa.

—Pues no parecía mirarte como un empleado —murmuró Emma, observándome con atención—. Te miraba como si quisiera castigarte o... algo más.

No dije nada. Me serví otra copa, dejando que el alcohol entibiara el frío que sentía por dentro. Me sentía frustrada, atrapada entre el deseo que me negaba a admitir y el odio que me servía de escudo. Mientras mis amigas seguían fantaseando con el "guapo guardaespaldas", yo solo pensaba en que Liam Donovan acababa de invadir no solo mi casa, sino también mi paz mental.

Y lo peor de todo era que, aunque estuviera encerrada con mis amigas y el vino, todavía podía sentir su presencia tras la puerta, como un lobo esperando a que su presa cometiera un error.

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