No conseguía dormir.
Me di vuelta en la cama hacia un lado, hacia el otro, me enrollé en la sábana, me desenrollé. Nada. El beso en el despacho todavía ardía en mis labios. La mesa de vidrio. Sus manos en mi cabello. La lengua. El gemido. El "vas a acabar conmigo".
Mierda.
Miré al techo. Él estaba arriba. En la habitación separada. ¿Durmiendo? Probablemente no. Él nunca dormía.
Me levanté. La sed era una excusa. Lo sabía. Pero mis pies ya estaban en el pasillo antes de que mi cerebro diera perm