Elena
El vino llegó. Él lo probó. Lo aprobó. Sirvió. Brindamos. El silencio era agradable. El tipo de silencio que no necesita ser llenado. Hasta que una voz cortó el aire. Fina. Dulce. Venenosa.
—¿Arthur? ¿Arthur Volpi? Dios mío, ¡eres tú mismo!
Una mujer se acercó. Rubia. Perfecta. Vestido negro corto, escote en la espalda, cabello liso brillando. Tenía el tipo de belleza que no pide permiso —entra, se sienta, desordena. Y estaba sonriéndole a él como si yo no existiera.
—Olivia —dijo él. La