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Después del kart, fuimos a la noria.
Leo no quiso subir. "¡ES DEMASIADO ALTO!" Se quedó con Arthur, comiendo algodón de azúcar. Lara subió conmigo. La cabina era pequeña, de madera pintada, con una ventana redonda. Entraba el sol. El viento golpeaba.
Lara se sentó a mi lado. El cuaderno en el regazo.
— ¿A usted le gusta mi papá?
— Me gusta.
— ¿Mucho?
— Mucho.
— ¿Más de lo que él le gusta a usted?
— No lo sé.
— A él le gusta mucho. Lo veo.
— ¿Cómo lo ves?
— Le brillan los ojos.
— ¿Le brillan