Respiraba hondo, intentando no llorar. Porque iba a llorar. Lo sabía. En cuanto subiera al autobús, me derrumbaría. Iba a sollozar como una niña. Iba a babear en el pecho de mi blusa y fingir que tenía alergia.Fue entonces cuando lo oí.Al principio pensé que era cosa de mi cabeza. Un gemido ahogado, allá arriba. Luego un sollozo. Luego un grito.La empleada se quedó helada.—Es Lara —susurró. La voz se le quebró. La mujer de acero acababa de derretirse.Pasos en el piso de arriba. Puertas golpeándose. La voz de él —Arthur Volpi, el frío, el arrogante, el dueño de la alfombra persa— gritando:—¡Lara! ¡Lara, respira!Otra voz. Un niño. Un varón.—Papá, ¿qué tiene Lara? Papá, ¿va a estar bien?—Léo, ve a tu habitación AHORA.—¡Pero quiero quedarme con ella!—¡AHORA, LÉO!Mis pies simplemente se movieron. Subí la escalera de madera tan rápido que casi me tropiezo. La empleada gritó algo detrás de mí, pero ya no la oía. Solo oía ese sonido. Esa desesperación.Yo conocía ese sonido.Pasé
Leer más