Mundo ficciónIniciar sesión
El espejo me devolvía la imagen de una mujer que apenas reconocía. La seda color borgoña de mi vestido de gala se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, pero se sentía más bien como una armadura.
—Un poco más a la izquierda, Lucía —le dije a mi estilista sin mirarla.
—El broche de la República, señora. Es necesario para la foto con los embajadores —murmuró ella, colocando la joya de diamantes cerca de mi clavícula. Pesaba. Todo en esta vida pesaba.
La puerta de la suite se abrió de golpe. No necesité girarme para saber quién era; el olor a sándalo caro y esa energía eléctrica de impaciencia lo delataban. Matteo Valenti, el Presidente de Italia y, técnicamente, mi esposo.
—Cinco minutos, Aurora. Los fotógrafos están esperando en el Gran Salón. ¿Por qué siempre tardas tanto en ponerte una máscara? —Su voz era suave, casi musical, la misma que usaba para convencer al Parlamento de aprobar sus leyes.
Me giré lentamente, forzando la sonrisa que había practicado frente al espejo durante tres años.
—No es una máscara, Matteo. Es el protocolo que tú mismo diseñaste para mí.
Él caminó hacia mí, pero no para besarme. Se detuvo a unos centímetros, solo para ajustarme un mechón de pelo detrás de la oreja. Sus ojos, esos que enamoraban a las cámaras, estaban fríos como el mármol del palacio.
—Estás perfecta. Estás vacía, pero perfecta —susurró él, mirándome como quien admira un cuadro recién comprado—. No olvides el discurso sobre la fundación. Sonríe a la cámara de Il Messaggero, especialmente cuando yo te tome de la mano. Necesitamos que los titulares de mañana hablen de unidad familiar, no de la caída de la bolsa.
—¿Es todo lo que soy para ti hoy? ¿Una distracción para la economía?
Matteo soltó una risa seca, acomodándose los gemelos de oro.
—Eres la Primera Dama de Italia, Aurora. Deja de buscar drama donde solo hay deber. Luca ya revisó tu agenda. Mañana tienes tres cenas y una inauguración. No me falles.
—Luca —repetí el nombre de su secretario personal—. Él siempre sabe lo que necesito antes que yo, ¿verdad?
—Luca es eficiente. Deberías aprender de él —sentenció Matteo, caminando hacia la puerta—. Vamos. El país no va a esperar a que encuentres tu alma debajo de ese vestido.
Caminamos por los pasillos del Quirinal en silencio. Un silencio que conocía demasiado bien. Mis tacones chasqueaban contra el suelo, marcando el ritmo de mi propia sentencia. Los guardias se tensaban a nuestro paso, saludando con una rigidez que me hacía sentir como una intrusa en mi propia casa.
Al llegar al salón, Matteo tomó mi mano. Sus dedos estaban gélidos. En el momento en que las puertas dobles se abrieron, la luz de los flashes me cegó por un segundo.
—¡Presidente! ¡Signora Valenti! —gritaban los reporteros.
Matteo me atrajo hacia él, dándome un beso casto en la mejilla que se sintió como el roce de un reptil.
—Te amo, querida —susurró para que los micrófonos cercanos captaran el audio.
—Y yo a ti, Matteo —respondí con la misma falsedad profesional.
Pasaron las horas. Copas de champagne que no bebía, manos de diplomáticos que no quería tocar y conversaciones vacías sobre la "gloria de Italia". Me sentía como un objeto de exhibición, una muñeca que funcionaba a cuerda.
De repente, sentí un escalofrío. No era el aire acondicionado del salón. Era la sensación de ser observada, pero no por un fotógrafo. No era esa mirada lasciva de los políticos viejos; era algo más pesado, más... denso.
—¿Estás bien? Te has quedado pálida —me preguntó Luca, apareciendo de la nada junto a mí. Su sonrisa era perfecta, pero sus ojos siempre estaban escaneando la habitación.
—Necesito aire, Luca. Solo un momento en el balcón.
—El protocolo dicta que...
—Al diablo el protocolo por cinco minutos —lo corté, dándole la espalda antes de que pudiera protestar.
Salí al balcón que daba a los jardines. La noche romana era cálida, pero el aire se sentía pesado. Me apoyé en la barandilla, cerrando los ojos. Deseé, por un instante, ser cualquier otra persona. Una estudiante, una camarera, alguien que no tuviera que fingir que su matrimonio era un idilio mientras su cama estaba más fría que una tumba.
—No debería estar aquí sola, Signora. Es peligroso.
La voz era nueva. No era la voz refinada de Matteo ni la servil de Luca. Era profunda, áspera, con un rastro de algo que no pude identificar de inmediato.
Abrí los ojos y me giré.
Allí estaba él. Un hombre que no había visto antes entre el personal de seguridad. Vestía un traje oscuro que parecía contener a duras penas una musculatura que ningún otro guardia del palacio poseía. Sus ojos eran azules, pero un azul de tormenta, de esos que te advierten que busques refugio.
—¿Quién eres? —pregunté, tratando de recuperar mi compostura de Primera Dama—. No recuerdo haberte visto en mi destacamento.
Él dio un paso al frente, entrando en el círculo de luz de la lámpara del balcón. No bajó la cabeza. No me miró con la reverencia habitual. Me miró como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
—Soy Damian Rossi —dijo, y su nombre sonó como una amenaza—. Y desde este momento, soy la sombra que no te dejará dar ni un solo paso sin mi permiso.
Me crucé de brazos, sintiendo un extraño hormigueo en la nuca.
—Mi esposo no me mencionó que cambiarían al jefe de seguridad.
—Su esposo tiene muchas cosas en la cabeza, Signora Valenti —respondió Damian con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Pero yo soy la única que debería importarle a usted ahora. El mundo exterior es un lugar oscuro, pero le aseguro que los monstruos que están dentro de este palacio son mucho peores.
—¿Me estás amenazando? —di un paso hacia él, desafiante.
Él se inclinó ligeramente, reduciendo la distancia entre nosotros hasta que pude oler su perfume: tabaco, cuero y algo metálico que me hizo dar un paso atrás.
—La estoy protegiendo, Aurora —dijo mi nombre sin el título, y por primera vez en años, sentí que mi corazón daba un vuelco que no tenía nada que ver con el miedo—. El problema es que aún no sabe de quién.
Se dio la vuelta y se colocó junto a la puerta, volviendo a su postura rígida de guardia, pero yo ya no podía dejar de mirarlo. La jaula de seda acababa de volverse mucho más pequeña, y por primera vez, sentí que el peligro no estaba fuera, sino justo frente a mí.







