Mundo ficciónIniciar sesiónEl reloj de pared en el vestíbulo principal marcaba las siete de la tarde. Matteo se ajustaba la corbata frente al espejo con una precisión casi quirúrgica, mientras Luca le susurraba al oído los puntos clave de su reunión con los líderes de la coalición en Milán.
—¿De verdad tienes que irte hoy? —pregunté, balanceando mi copa de vino mientras me apoyaba en el marco de la puerta. Ya era mi segunda copa, y el calor empezaba a subirme a las mejillas.
Matteo ni siquiera me miró a través del reflejo.
—Es una crisis de estado, Aurora. No una rabieta de alcoba. Tú tienes la cena benéfica para los huérfanos de la marina. Es una causa noble, perfecta para tu imagen. Trata de no parecer tan aburrida como de costumbre.
—Tal vez si me acompañaras, no tendría que fingir que me importa el menú —respondí, dejando escapar una risa amarga.
Él se giró, me tomó por la barbilla y apretó lo suficiente para que el gesto no fuera una caricia, sino una advertencia.
—Hueles a vino, Aurora. Compórtate. Rossi te llevará. No quiero escándalos.
Matteo salió sin despedirse, seguido por Luca como si fuera su sombra fiel. Me quedé sola en el inmenso pasillo hasta que otra sombra, mucho más imponente, se proyectó sobre el suelo.
—El coche está listo, Signora —la voz de Damian retumbó a mis espaldas.
Me giré, sintiendo un ligero mareo. Él estaba allí, impecable en su traje negro, con el auricular en su sitio y esa mirada azul que parecía juzgar cada uno de mis pecados.
—¿Me vas a regañar tú también, Rossi? ¿Vas a decirme que bebo demasiado? —lo desafié, caminando hacia él con pasos que no eran del todo firmes.
Damian no retrocedió. Mantuvo su distancia profesional, pero sus ojos recorrieron mi rostro con una intensidad que me hizo sentir desnuda.
—Usted puede beberse toda la bodega del palacio si quiere, Aurora. Mi trabajo es que no se caiga mientras lo hace.
***
La cena benéfica en el Grand Hotel fue un desfile de hipocresía. Bebí más champagne del que debía para soportar los halagos falsos de las esposas de los ministros. Para cuando terminaron los discursos, el mundo se sentía un poco más borroso y mucho más tolerable.
—Creo que es hora de irse —Damian apareció a mi lado como un fantasma. Me tomó del brazo con una firmeza que me hizo respingar.
—Solo una copa más, Damian... el postre ni siquiera ha llegado —balbuceé, intentando soltarme, pero él apretó más su agarre.
—No es una sugerencia. Nos vamos ahora. Algo no está bien.
Su tono cambió. Ya no era sarcasmo; era puro instinto de supervivencia. Antes de que pudiera protestar, un estallido ensordecedor rompió los cristales de los ventanales laterales.
El pánico fue instantáneo. Los gritos ahogaron la música clásica.
—¡Abajo! —rugió Damian.
Sentí su peso sobre mí mientras me derribaba al suelo, cubriendo mi cuerpo con el suyo justo cuando una ráfaga de disparos empezó a destrozar las mesas de gala. El olor a pólvora y a flores frescas se mezcló de una forma nauseabunda.
—Quédate pegada a mí, no te sueltes —me ordenó al oído. Su voz era lo único estable en medio del caos.
—¡Damian, qué está pasando! —grité, el alcohol desapareciendo de mi sistema reemplazado por un terror helado.
Él no respondió con palabras. Sacó un arma de su chaqueta con una rapidez aterradora y disparó tres veces hacia el pasillo lateral. Escuché cuerpos caer. Me levantó del suelo como si no pesara nada y me empujó hacia la salida de servicio, manteniéndose siempre entre las balas y yo.
—¡Por aquí! —gritó otro guardia, pero Damian le disparó en la frente sin dudarlo.
Me quedé paralizada, mirando el cuerpo del que se suponía era uno de sus compañeros.
—¿Por qué...? ¡Él era de los nuestros! —sollocé, temblando.
Damian me pegó contra la pared, su rostro a milímetros del mío. Sus ojos ya no eran azules; eran negros, consumidos por una adrenalina letal.
—No hay "nuestros", Aurora. Solo estás tú y estoy yo. Ese hombre iba a entregarte —me tomó de la nuca, obligándome a mirarlo—. Mírame. Confía en mí o morirás esta noche en este suelo lleno de comida cara. ¿Me oyes?
—Sí... —logré articular, hipnotizada por la ferocidad en su rostro.
Salimos al callejón trasero. La lluvia de Roma empezaba a caer, mezclándose con la sangre que Damian tenía en el puño de su camisa. El coche blindado derrapó frente a nosotros. Me empujó dentro y se lanzó tras de mí, cerrando la puerta justo cuando otra ráfaga golpeaba el cristal reforzado.
El coche arrancó a toda velocidad. Yo estaba hecha un ovillo en el asiento, hiperventilando. Damian se quitó la chaqueta, dejando ver una funda de hombro y una mancha roja que crecía en su costado.
—Estás herido... —dije, estirando la mano.
Él me interceptó la muñeca en el aire. Su tacto quemaba.
—He tenido peores. Quédate quieta —su respiración era pesada—. Matteo no está en Milán, Aurora. Esa reunión fue una trampa para dejarte sola aquí.
—¿Qué? No... Matteo no haría eso... él me necesita para su imagen...
Damian soltó una carcajada ronca, una que me heló la sangre. Se acercó a mí, atrapándome contra el respaldo del asiento del coche.
—Tu esposo es un cobarde que vende lo que más quiere para salvar su cuello. Pero ha cometido un error.
—¿Cuál? —susurré, con el corazón martilleando contra mis costillas.
Damian deslizó su mano desde mi muñeca hasta mi cuello, acariciando mi pulso acelerado con el pulgar. Su mirada bajó a mis labios con una posesividad que me hizo temblar de una manera distinta al miedo.
—Me envió a mí para cuidarte —sentenció—. Y yo no devuelvo lo que decido quedarme.
En ese momento, entre el olor a sangre y la lluvia golpeando el blindaje, supe que el atentado en la cena era el menor de mis problemas. El hombre que me había salvado la vida era mucho más peligroso que los que habían intentado quitármela.







