Mundo ficciónIniciar sesiónEl Palacio del Quirinal podía tener siglos de historia y tapices de seda, pero en el fondo, no dejaba de ser un edificio viejo. Esa noche, el silencio de mi habitación se rompió por un sonido que no era el de una bala, sino un crujido sutil sobre el mármol del baño.
Entré descalza, con el camisón de seda blanco rozándome los tobillos, y entonces la vi. Una criatura oscura, enorme y rápida, se movía cerca de mis pies.
—¡AH! —el grito salió de mi garganta antes de que pudiera procesarlo. Salté sobre la tapa del inodoro como si mi vida dependiera de ello—. ¡Damian! ¡Damian, ven aquí ahora mismo!
La puerta de la habitación se abrió de un golpe seco. Damian entró con el arma en la mano, escaneando cada esquina con una ferocidad que me hizo sentir culpable de inmediato. Su mirada aterrizó en mí, encaramada en el inodoro con los ojos desorbitados.
—¿Dónde están? —preguntó él, con la voz cargada de adrenalina—. ¿Dónde están los intrusos?
Señalé con un dedo tembloroso hacia el rincón de la bañera.
—Allí... es enorme. ¡Mátala, Damian!
Él bajó el arma lentamente, siguiendo mi dedo. Cuando vio a la cucaracha moviendo sus antenas con total tranquilidad, se quedó estático. Guardó su pistola en la funda del hombro y se pasó una mano por el rostro, dejando escapar un suspiro que sonó a medio camino entre el alivio y la indignación.
—¿Me estás diciendo... —comenzó, mirándome con una ceja levantada— que he irrumpido en tus aposentos privados, listo para desatar una masacre, porque tienes una invitada de seis patas?
—¡No te rías! —exclamé, señalando al insecto que ahora corría hacia mis pies—. ¡Es una señal de decadencia! ¡Haz algo!
Damian soltó una carcajada. Una carcajada real, profunda y ronca que llenó el baño y me dejó paralizada. Era la primera vez que lo escuchaba reír así.
—La Primera Dama de Italia, la mujer que no pestañeó ante un atentado terrorista, está a punto de desmayarse por un insecto que pesa menos que su anillo de compromiso —se burló, acercándose con una lentitud exasperante.
—No seas arrogante, Rossi. Deshazte de ella o te despido —amenacé, aunque mi voz carecía de autoridad.
—No puedes despedirme, Aurora. Sabes que soy el único que soporta tus dramas de medianoche —dijo él, agachándose para atrapar al insecto con un trozo de papel.
—¡Cuidado! ¡Va a saltar! —grité, perdiendo el equilibrio al intentar alejarme más.
Mis pies resbalaron sobre la porcelana lisa de la tapa del inodoro. Damian, en un reflejo puramente instintivo, soltó el papel y estiró los brazos para atraparme. Pero el suelo del baño estaba húmedo por el vapor de mi ducha previa.
El resultado fue un desastre coreografiado.
Caímos juntos. Mi espalda golpeó la alfombra de baño acolchada y el peso de Damian aterrizó sobre mí, aunque él apoyó sus antebrazos a los lados de mi cabeza para no aplastarme. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por nuestras respiraciones aceleradas.
Mis manos habían terminado aferradas a sus hombros, mis dedos enterrados en la tela de su camisa. Su rostro estaba a centímetros del mío; podía sentir el calor que emanaba de su piel y ver el brillo plateado en sus ojos azules. La risa se desvaneció, reemplazada por una tensión tan densa que dolía.
—¿Estás herida? —susurró él. Su voz había bajado varias octavas, volviéndose una caricia peligrosa.
—Solo mi orgullo —respondí en un susurro, incapaz de apartar la mirada de sus labios—. Y tú... has dejado escapar a la cucaracha.
—A la m****a la cucaracha, Aurora —dijo Damian, y esta vez no era el guardaespaldas quien hablaba.
Sus ojos bajaron a mi boca y sentí que el mundo entero se reducía a ese espacio entre nosotros. Damian acortó la distancia, rozando mi nariz con la suya. Cerré los ojos, esperando el impacto del beso que cambiaría mi vida para siempre. Sus labios rozaron los míos, apenas un suspiro de contacto que me hizo soltar un gemido involuntario.
¡PAM! ¡PAM! ¡PAM!
Tres golpes secos en la puerta de la habitación principal nos hicieron saltar como si nos hubieran disparado.
—¿Aurora? ¿Estás despierta? Soy Matteo. Necesito hablar contigo sobre el viaje a Sicilia.
La voz de mi esposo, fría y autoritaria, atravesó la madera como un cuchillo de hielo.
Damian reaccionó en una fracción de segundo. Se puso en pie y me ayudó a levantarme con un tirón firme, estabilizándome antes de soltarme como si mi piel quemara. Su rostro volvió a ser esa máscara de granito profesional, pero sus ojos todavía ardían.
—Vete por la puerta del servicio. ¡Ahora! —le susurré, con el corazón queriendo salirse de mi pecho.
Damian me miró por un segundo más, un segundo que prometía que esto no se había terminado.
—Aurora, ¿por qué está cerrada la puerta? —insistió Matteo desde el otro lado, su tono volviéndose sospechoso.
—¡Ya voy, Matteo! ¡Me he dado un golpe en el baño! —grité, tratando de que mi voz no temblara.
Damian asintió levemente, recogió los zapatos de mi estilista que estaban en el suelo y desapareció por la salida de incendios del pasillo privado con la gracia de una sombra.
Me alisé el camisón, me pasé la mano por el pelo revuelto y abrí la puerta. Matteo estaba allí, con su traje impecable y Luca a sus espaldas, sosteniendo una tableta. Mi esposo me miró de arriba abajo, con una expresión de ligero asco.
—¿Qué te ha pasado? Estás despeinada y roja como un tomate.
—He... he visto un bicho. Me asusté y me caí —mentí, sintiendo el sabor de Damian todavía en mis labios.
Matteo soltó un susoplido despectivo.
—Patético. Luca, dile a mantenimiento que fumiguen mañana. Aurora, prepárate. Nos vamos a Sicilia en dos días. Damian Rossi se encargará de la avanzada.
—¿Damian irá solo? —pregunté, intentando sonar indiferente.
—Él es el mejor en lo que hace —dijo Matteo, mirando a Luca con una complicidad que en ese momento no supe interpretar—. A veces, incluso mejor de lo que yo quisiera.
Matteo se dio la vuelta sin darme las buenas noches. Luca me dedicó una sonrisa gélida antes de seguirlo. Cerré la puerta y me apoyé contra ella, dejándome deslizar hasta el suelo.
En Sicilia estaríamos lejos de Roma. Lejos de los ojos del Quirinal. Pero mientras miraba hacia el baño vacío, supe que el verdadero peligro no era Matteo, ni el atentado, ni los secretos del estado. El peligro era que ya no quería que Damian Rossi me protegiera; quería que me destruyera.







