El silencio de mi habitación en el Quirinal nunca se había sentido tan pesado. Damian se había marchado hacía apenas seis horas hacia Sicilia para organizar la avanzada de seguridad, y sin embargo, el aire en el palacio parecía haber perdido su corriente. Sin su presencia vigilante en el pasillo, sin el sonido de sus botas sobre el mármol, me sentía expuesta, pero no al peligro externo, sino a mí misma.Me metí en la cama matrimonial, ese desierto de sábanas de hilo egipcio donde Matteo y yo fingíamos ser una pareja. Mi esposo dormía en su propia suite, "trabajando hasta tarde" con Luca, como era su costumbre.Cerré los ojos, tratando de invocar el sueño, pero lo que obtuve fue un incendio.En mi sueño, el palacio no estaba vacío. No había protocolos ni cámaras. Estaba en la biblioteca, el mismo lugar donde nuestras manos se habían rozado. Pero esta vez, Damian no retrocedía. Su mano no se quedaba en mi muñeca; subía, firme y posesiva, hasta enredarse en mi cabello, tirando de mi cabe
Leer más