CAPÍTULO 5: EL CALOR DE LA AUSENCIA

El silencio de mi habitación en el Quirinal nunca se había sentido tan pesado. Damian se había marchado hacía apenas seis horas hacia Sicilia para organizar la avanzada de seguridad, y sin embargo, el aire en el palacio parecía haber perdido su corriente. Sin su presencia vigilante en el pasillo, sin el sonido de sus botas sobre el mármol, me sentía expuesta, pero no al peligro externo, sino a mí misma.

Me metí en la cama matrimonial, ese desierto de sábanas de hilo egipcio donde Matteo y yo fingíamos ser una pareja. Mi esposo dormía en su propia suite, "trabajando hasta tarde" con Luca, como era su costumbre.

Cerré los ojos, tratando de invocar el sueño, pero lo que obtuve fue un incendio.

En mi sueño, el palacio no estaba vacío. No había protocolos ni cámaras. Estaba en la biblioteca, el mismo lugar donde nuestras manos se habían rozado. Pero esta vez, Damian no retrocedía. Su mano no se quedaba en mi muñeca; subía, firme y posesiva, hasta enredarse en mi cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás para exponerme el cuello.

—¿Me tienes miedo, Aurora? —su voz en el sueño era un susurro pecaminoso, vibrando contra mi piel.

—Debería —respondía yo, sintiendo cómo mis rodillas flaqueaban cuando él me empujaba contra los estantes de madera pesada.

—El miedo y el deseo se sienten igual bajo la piel —decía él, y sus labios finalmente colisionaban con los míos. No era un beso suave; era un reclamo. Sabía a tabaco, a peligro y a una verdad largamente negada. Sus manos, esas manos que sabían empuñar un arma con precisión letal, ahora recorrían mi cuerpo con una urgencia que me hacía jadear. Sentía la frialdad del metal de su funda de hombro contra mi pecho y el calor abrasador de su palma subiendo por mi muslo, apartando la seda de mi camisón...

Desperté de golpe, con un grito mudo atrapado en la garganta. 

Mi respiración era errática, un staccato de jadeos en la oscuridad de la habitación. Tenía la piel cubierta por una fina capa de sudor y mi corazón martilleaba contra mis costillas como un animal enjaulado. El rastro del sueño era tan vívido que juraría haber sentido el peso de su cuerpo sobre el mío.

—Dios mío... —susurré, cubriéndome la cara con las manos.

Sentía una humedad ardiente entre mis piernas y una punzada de deseo tan física que me dolía el vientre. Me giré de lado, abrazando la almohada con desesperación, tratando de borrar las imágenes de Damian Rossi de mi mente. 

La culpa me golpeó como un balde de agua helada. Yo era la Primera Dama de Italia. Era la esposa del hombre más poderoso del país. Y acababa de profanar mi propio lecho con la fantasía más impura posible sobre el hombre que él mismo había contratado para cuidarme.

—Solo fue un sueño —me dije a mí misma, con la voz quebrada—. Es el estrés. Es el atentado.

Pero mi cuerpo no aceptaba la mentira. Me toqué el labio inferior, casi esperando sentir la presión de sus besos. La frustración me invadió; me sentía traidora, no solo a Matteo, sino a mi propia dignidad. Sin embargo, había algo más oscuro bajo esa culpa: una satisfacción eléctrica. Damian me hacía sentir viva en un lugar donde Matteo solo me quería de adorno.

Me levanté y caminé hacia el baño, el mismo donde días antes habíamos caído entre risas. Me miré al espejo. Mis ojos estaban brillantes, mis labios hinchados por la agitación.

—¿En qué te has convertido, Aurora? —le pregunté a mi reflejo.

En ese momento, mi teléfono personal vibró sobre la mesita de noche. Me acerqué con el corazón en la boca. Era un mensaje cifrado del equipo de seguridad.

"Avanzada completada. La villa en Sicilia es segura. La espero, Signora. D.R."

Mis dedos temblaron sobre la pantalla. "La espero". Dos palabras que para cualquier otro serían un reporte de servicio, pero que para mí sonaban como la continuación de mi sueño. Él sabía lo que estaba haciendo. Sabía que su ausencia me estaba desmoronando.

—Él no es para ti —me susurré, mientras las lágrimas de frustración volvían a asomar—. Es un monstruo, un soldado, un extraño.

Pero mientras me preparaba para volver a la cama, supe que no podía seguir huyendo. En Sicilia, bajo el sol abrasador y lejos de la mirada fría de Roma, la jaula se abriría. Y no estaba segura de si quería salir de ella o dejar que el lobo entrara conmigo.

La culpa seguía ahí, un sabor amargo en la boca, pero el deseo era un rugido que no podía silenciar. Mañana iría a Sicilia. Mañana volvería a ver esos ojos azules de tormenta. Y dios me perdonara, porque sabía que si Damian volvía a tocarme, no sería solo en sueños.

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