Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio del palacio después del caos era casi peor que los disparos. Matteo no había vuelto; Luca me había informado por teléfono, con una voz desprovista de toda emoción, que el Presidente estaba "resguardado en una ubicación segura por protocolos de seguridad nacional". Ni una pregunta sobre mi estado. Ni un "me alegra que estés viva".
No podía estar en mi habitación. Me asfixiaba el olor a flores frescas y el peso de las cortinas de terciopelo. Salí a hurtadillas hacia la escalinata de servicio, esa que daba a los jardines traseros donde los turistas nunca llegaban. Me dejé caer en el frío mármol, sintiendo que los pies me ardían.
Me quité los tacones con un gesto violento y los lancé lejos. Mis pies estaban sucios, mi vestido manchado de la sangre de Damian y mis manos no dejaban de temblar. Me abracé las rodillas y, finalmente, las lágrimas que había contenido durante años estallaron. Lloraba por el atentado, por el desprecio de Matteo, por la mujer que solía ser y por la que se estaba convirtiendo: un daño colateral.
—Llorar no va a limpiar la sangre del mármol, Aurora.
Me sobresalté. Damian estaba apoyado contra el arco de la puerta, a unos metros de mí. Ya no llevaba la chaqueta del traje, solo la camisa blanca con las mangas arremangadas y el vendaje improvisado en su costado. Parecía un ángel caído en medio de una guerra.
—Vete, Damian. Quiero estar sola —sollocé, ocultando mi rostro entre mis brazos.
Él no se fue. Escuché sus pasos pesados acercarse hasta que se sentó en el escalón justo debajo del mío. No me tocó. No intentó consolarme con palabras vacías. En lugar de eso, sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno. El aroma a tabaco caro inundó el aire fresco de la noche.
—No tengo un pañuelo de seda para ofrecerte —dijo con voz ronca, extendiendo su mano con el cigarrillo hacia mí—. Pero esto ayuda más a calmar los nervios.
Lo miré, dudando. Nunca había fumado en mi vida; la esposa de un político no tenía vicios visibles. Pero esa noche, la esposa del político había muerto bajo una mesa de gala. Tomé el cigarrillo y aspiré con torpeza, tosiendo al sentir el humo raspando mi garganta.
—Matteo me mataría si me viera —susurré, mirando el ascua roja en la oscuridad.
—Matteo está a kilómetros de aquí, asegurándose de que su cara salga bien en el comunicado de prensa de mañana —respondió Damian con un desprecio que me sorprendió—. Ese hombre no posee nada de esto. Ni el palacio, ni el país, ni a ti.
—Es el Presidente de Italia, Damian. Tiene todo el poder del mundo.
Damian soltó una risa seca y se giró para mirarme. En la penumbra, sus ojos azules brillaban con una sabiduría peligrosa.
—Te equivocas. El poder no es esta casa, Aurora. El poder no es una banda presidencial ni un sello oficial. El poder es lo que haces cuando nadie te está mirando. Es el control que tienes sobre la vida y la muerte cuando las cámaras están apagadas.
—¿Y tú qué haces cuando nadie te mira, Damian Rossi? —pregunté, bajando la vista hacia sus manos, unas manos que habían matado a un hombre frente a mis ojos hacía apenas unas horas.
—Sobrevivo. Y me aseguro de que lo que me pertenece siga respirando.
Nos quedamos en silencio, compartiendo el cigarrillo bajo la luna romana. Me sentía extrañamente segura a su lado, una ironía que mi mente no lograba procesar. Él era un empleado, un extraño, un hombre violento... pero era el único que me miraba como si yo fuera real.
Las semanas siguientes fueron una tortura de anticipación. El atentado se utilizó para endurecer las leyes de seguridad, y Damian pasó de ser un jefe de seguridad a ser mi sombra constante.
Cada viaje en el coche oficial se convirtió en un campo de batalla silencioso. Yo me sentaba en el asiento trasero y, sistemáticamente, buscaba su mirada en el espejo retrovisor. Siempre estaba ahí. Sus ojos fijos en los míos, analizándome, leyéndome. No decía nada, pero la forma en que su mirada bajaba por un segundo hacia mis labios antes de volver a la carretera me dejaba sin aliento.
—¿Pasa algo, Signora? —preguntó un día, notando que yo no apartaba la vista del espejo.
—Nada, Rossi. Solo me preguntaba cuánto tiempo puedes aguantar sin pestañear.
—Puedo aguantar mucho tiempo, Aurora. Soy un hombre con mucha paciencia para las cosas que valen la pena.
El primer contacto "accidental" ocurrió en la biblioteca. Yo intentaba alcanzar un libro de leyes antiguas en un estante alto, un patético intento de recordar quién era antes de todo esto. Su mano se cerró sobre la mía en la escalera.
No se apartó. Su cuerpo quedó pegado a mi espalda, atrapándome entre la madera y su calor. Podía sentir el latido de su corazón, firme y lento.
—Déjame ayudarte —susurró en mi oído. Su aliento rozó mi cuello y un escalofrío me recorrió de arriba abajo.
—Puedo sola, Damian —dije, aunque no hice ningún esfuerzo por moverme.
—Lo sé. Pero no tienes por qué hacerlo.
Sus dedos se entrelazaron con los míos sobre el lomo del libro. Fue un toque breve, apenas unos segundos, pero se sintió como una descarga eléctrica que quemó cualquier rastro de lealtad que me quedaba hacia Matteo. Cuando bajé de la escalera, él seguía allí, bloqueándome el paso.
—¿Qué estás haciendo realmente aquí, Damian? —pregunté, con la voz temblorosa—. Ningún guardaespaldas mira a la Primera Dama de esta manera.
Él dio un paso más, invadiendo mi espacio personal hasta que nuestras respiraciones se mezclaron.
—No soy como los demás hombres que conoces, Aurora. Y tú no eres solo una Primera Dama para mí. Eres una mujer que se está muriendo de sed en un desierto de oro.
Estuvo a punto de besarme. Podía sentirlo. Mi corazón gritaba que lo hiciera, que destruyera mi mundo perfecto. Pero el sonido de los pasos de Luca en el pasillo lo obligó a retroceder.
—Su agenda, Signora —anunció Luca entrando sin llamar, su mirada escrutadora saltando de mí a Damian—. El Presidente la espera para el té.
—Ya voy, Luca —respondí, tratando de que mi voz no sonara quebrada.
Caminé hacia la salida, pero al pasar junto a Damian, sus dedos rozaron los míos por última vez. Un secreto compartido. Un pacto silencioso. No sabía quién era realmente Damian Rossi, ni por qué tenía tanto poder sobre mi voluntad, pero esa noche, mientras me sentaba frente a Matteo y su falsa sonrisa, supe que ya no había vuelta atrás.
Había comenzado a gustar al monstruo que me protegía de los demonios.







