La aguja de la vía intravenosa en mi brazo era la única realidad tangible, aparte del pulso débil de la vida que se aferraba dentro de mí. Acababa de tomar la decisión más aterradora de mi existencia: aceptar el protocolo experimental de quimioterapia para salvar a mi bebé y darme una oportunidad.
La determinación aún ardía en mi pecho, alimentada por la pequeña caja de Massimo que ahora guardaba la prueba de Dalton. La guardaba como mi mayor tesoro, y aunque debíamos entregársela a la policía,