El dolor era una llama viva en mi costado.
El cirujano había hecho un trabajo rápido, limpiando y suturando la herida de bala, pero la sedación no podía competir con la adrenalina ni con la ansiedad que me devoraba. Desperté en una habitación aséptica de la clínica privada, y mi cuerpo una prisión de vendas y sueros. Sobre mi mesita de noche, alguien había dejado una pequeña estrella de llavero plateada que Daisy me había regalado. La tomé, el metal frío en mi mano, y arrugué el entrecejo.
¿Qui