La mañana siguiente se sentía contaminada. No había amanecer para mí; la ciudad estaba envuelta en una neblina gris que reflejaba el estado de mi alma. Regresé a la mansión Lombardi antes de que el personal de la cocina encendiera las luces, entrando como una sombra furtiva, como una intrusa en mi propia vida.
Me encerré en mi habitación con seguro. El olor a Dalton era sutil pero persistente, adherido a la piel, incrustado en la memoria de mis músculos. Me desvestí con prisa frenética, sintien