El beso no fue un final; fue una explosión, una supernova. Un instante nos encontró gritándonos el odio más profundo, el siguiente, nuestros cuerpos se fundían contra la estantería de historia antigua. El peso de Dalton contra mí era un ancla que me impedía flotar de nuevo hacia la lógica de Massimo y sus labios eran ese torrente de adrenalina que nos mantuvo levitando.
Sus labios abandonaron mi boca solo para moverse a mi mandíbula y a mi cuello. Cada caricia era una reafirmación territorial y