El ruido de la orquesta, las exclamaciones ahogadas y las dagas visuales de mi padre se desvanecieron tan pronto como Dalton me besó. Ese beso no fue solo un beso; fue un incendio, y justo cuando sentí que el escándalo social estaba a punto de explotar, Dalton tomó mi mano con una urgencia que me encantó.
—Vámonos —me susurró al oído, y ni siquiera esperó mi respuesta para sacarme del salón.
Sin mirar atrás, tiró de mí a través del vestíbulo lateral, ignorando a un mesero y a una anciana con un