La risa me escapó de los labios, un sonido hueco y roto que resonó en el silencio de la habitación. Tenía sangre en la boca y moretones en la piel, pero la satisfacción de haber destruido sus recuerdos era más poderosa que cualquier dolor. Me reí, y me sentí viva. Él abrió la puerta, y me miró con una furia tan grande que me hizo temblar, no por miedo, sino por la adrenalina. Me levanté del suelo, y a pesar de la sangre en mi cuerpo, me enfrenté a él.
—¿Qué hiciste? —dijo, la voz era baja y pel