La música que salió de sus dedos me golpeó con más fuerza que cualquier bala. Era una melodía sombría, cargada de dolor y resentimiento. Mi ángel tocaba el piano con gracia y alegría, pero esa mujer lo hacía como si estuviera torturando el teclado. Sus manos se movían con una violencia que reflejaba la furia en sus ojos. Me di cuenta de mi error. No estaba rompiéndola; le estaba dando una voz a su dolor; una voz que me torturaba los oídos.
—Deja de tocar —dije, mi voz un gruñido bajo.
Ella no o