El aire se había vuelto denso, tóxico, cargado con el olor a traición y el perfume dulzón de esa mujer que aún no había soltado mi brazo.
Cien maneras, no, mil. Mil maneras de destrozarlos a ambos, de desmembrar a Viktor pieza por pieza y de arrancar esa sonrisa de la cara de Avery, pasaron por mi cabeza desde el instante que la vi.
Se atrevió. S atrevió. La marioneta que yo enterré, que ordené que se pudriera hasta el olvido, estaba viva y se pavoneaba en mi terreno, de la mano de mi enemigo.