El vestido era una declaración de guerra.
De terciopelo oscuro, sin mangas, un rojo tan profundo que parecía contener el color de la sangre y el fuego. Era mi armadura e de combate para una noche que lo cambiaría todo. Cinco años de exilio, de pastillas y de paredes blancas, se habían disuelto en el brillo de la seda. Me deslicé los tacones, el sonido de su impacto contra la madera resonó como un disparo. Ya no era la mujer rota que se cortaba el pelo en la penumbra. Era la marioneta que había