La tranquilidad se rompió desde el momento en que Marcus entró por la puerta con el rostro pálido, anunciando el fracaso del trato en Asia. Los fallos de seguridad, los socios que se alejaban, todo eran síntomas de una enfermedad que no podía diagnosticar y la ansiedad me consumía por dentro. Me sentía como un león en una jaula, un león que sabe que el cazador invisible ya le ha disparado y no le queda mucho tiempo antes de desplomarse.
Marcus entró en mi oficina, con un paquete anónimo en sus