El café humeaba en mi taza de porcelana, un contraste perfecto con la frialdad del amanecer. La ciudad dormía, pero mi imperio estaba en movimiento. Un susurro de poder, una sinfonía de máquinas y hombres trabajando. Me sentía en la cima, invencible. Habían transcurrido un par de semanas de la muerte de Avery y nunca antes estuve tan bien ni tan incompleto. Me odiaba a mí mismo por sentir momentos de debilidad. No debía sentirlos. Avery no era más que una marioneta que usé a mi favor. Avery era