Tres días.
Tres días de silencio. Avery se había quedado quieta, atada a mi cama, con los ojos cerrados, como si estuviera durmiendo, pero yo sabía la verdad. Yo sabía que su mente, su rabia, su odio, estaban en constante movimiento. Ella era un volcán dormido, y yo su detonante. La había dejado en la oscuridad, en el silencio, para que su mente se consumiera en su propia miseria, para que la venganza, que una vez fue su motor, se convirtiera en una cadena, y funcionó.
Dormía a su lado cada noc