El silencio de mi mansión, una vez más, era total. Había ordenado que el cuerpo del General Stone fuera arrojado en las afueras de la ciudad, un acto de piedad que no merecía, pero que serviría como un aviso para cualquiera que se atreviera a traicionarme.
Marcus, mi fiel perro, se había encargado de la limpieza. El charco de sangre ya no existía, la puerta estaba limpia, pero la imagen del general, con la cabeza destrozada, seguía fresca en mi mente. No debía emocionarme tanto con el hecho del