El caos había sido sofocado, pero la rabia persistía. Mi oficina, una vez más un santuario de orden, se sentía como una jaula. El silencio era un veneno que me recordaba la audacia de esa chica. Avery. Se había atrevido a tocar mi mundo, a usar mis propios peones en mi contra. El precio de su osadía sería su alma, su vida, su libertad, y también un costo lo suficientemente alto por su cabeza.
Me recosté en mi silla, mis dedos se movieron sobre la mesa y una sonrisa de pura satisfacción se dibuj