Prisión de oro.
Mila
No podía enfadarme con él; simplemente, no tenía el derecho. Como única respuesta, busqué sus labios en un beso que sabía a despedida.
—Es imposible estar molesta contigo —susurré al romper el contacto, sintiendo el peso de mis propias mentiras.
—Supongo que eso es tener suerte —respondió con una sonrisa melancólica, sellando la frase con un beso breve, casi temeroso de dejarme ir.
Subimos a mi habitación para recoger el equipaje. Antes de cruzar la puerta, mis ojos se desviaron ha