Oferta de gustos culposos.
Mila.
Esperaba que explotara, o que me gritara. Pero lo que hizo fue mucho más inquietante: se quedó inmóvil, observándome. Ya no era la mirada de un hombre ofendido, sino la de un depredador.
—Increíble —susurró, y esta vez su voz no tenía rastro de burla, sino asombro. Hizo una pausa, midiendo sus palabras—. Tienes el veneno de una Abramovich y la devoción de una santa. Esa mezcla... esa resistencia es exactamente lo que me vuelve loco de ti. Me encanta que te resistas con tanta convicción. Eso hace que el momento en que cedes sea mucho más placentero.
Esbozó una sonrisa ladeada, una que no llegaba a sus ojos ámbar. No entendía este comportamiento; contrastaba cruelmente con el Lucio que había dejado antes de mi partida. Algo había cambiado en él. A decir verdad estaba que ni yo misma me comprendía. Ayer me aterraba la idea de perder a Sandro y hoy sentía este ardor que me negaba a creer que fueran celos.
Mientras tanto, mi coraje ardía bajo la piel y el disfraz de Katya.