Dos mundos y dos versiones.
MILA.
No pude ni siquiera tomar mi propio teléfono. La culpa que sentía era tan intensa que rozaba la repugnancia hacia mí misma. Antes, la idea de hablar con mi hermana o Sandro me hubiera alegrado; ahora, solo lograba tragar saliva y sentirme indigna.
—No quiero que ellos noten esto —señalé mis ojos hinchado y rojos con mi dedo índice.
El Capitán le dio la última calada a su cigarro y lo arrojó al suelo antes de aplastarlo con la bota.
—No seas llorona. Debes mantenerte fuerte. Habrá muchos días como este, días en los que te sentirás peor que una mierda. Y, en algunas ocasiones, no sabrás distinguir entre tu realidad y la farsa. Te aconsejo que dejes salir a tu demonio.
—¿Mi demonio? —repetí, confusa.
—Sí. Todos tenemos uno escondido detrás de nuestra bondad, y solo lo dejamos salir cuando nuestros sentidos se activan para defendernos. ¿Alguna vez hiciste alguna travesura de niña?
Su pregunta me dejó pensando, buscando en mi memoria.
—Sí, una vez le lancé en la cara mi sándwich a un