MILA
Desperté cuando la primera luz del alba apenas comenzaba a teñir las cortinas de un gris mortecino. Los ecos de las caricias de anoche todavía vibraban en mi piel, recordándome cómo Lucio me había arrastrado hasta su habitación. Su brazo seguía rodeando mi cintura, pesado y posesivo incluso en el abandono del sueño. Me zafé con cuidado, centímetro a centímetro, conteniendo la respiración hasta que estuve fuera de su alcance y el calor de su cuerpo dejó de quemarme.
Caminé hacia mi habita