Gritos.
Carne desgarrándose, huesos quebrándose.
Más gritos.
Cada sonido estalla dentro de sus oídos, como si no hubiera escape.
Y la sangre… corría cerca de sus pies, inundándolo todo con el olor penetrante del hierro.
Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, mezclándose con sangre que no era suya, pero que la cubría. Sus ojos, muy abiertos, se negaban a obedecerle, aunque rogaba dejar de mirar por la rendija.
Lo intentaba, pero no podía apartar la vista.
Frente suyo, un monstruo desgarraba