—¡Abuela!
Los pasos apresurados y las voces de los gemelos la arrancaron a Agnés de su recuerdo.
Leo se adelantó y, con un movimiento firme, sujetó el látigo antes de que volviera volver a golpearse. Lia, en cambio, cayó de rodillas frente a la anciana, tomando con delicadeza su mano libre.
—Por favor… no te lastimes más —suplicó Lia, con la voz quebrada.
En respuesta, la anciana sacudió con brusquedad la mano que sostenía la disciplina, intentando seguir su penitencia. Pero se rindió después d