El vapor cálido envolvía la habitación mientras el agua caía sobre sus cuerpos, resbalando lentamente como si trazara caminos que Alec, sin prisa, comenzó a seguir con su mano y labios. Se detuvo en su mejilla, justo donde la piel todavía conservaba la marca de una cruz borrosa, y rozó aquel lugar con una devoción que hacía que el calor no viniera solo del agua que caía sobre ellos.
Luego descendió lentamente por su cuello, besando y lamiendo con delicadeza, como si con cada gesto intentara ac