Un dolor punzante en el pecho lo sacudió de golpe, sacándolo de su recuerdo; el aire se le atascó en la garganta, como si dentro del auto ya no quedara oxígeno. Se dobló sobre sí mismo, llevándose una mano al esternón, intentando sofocar la presión que lo asfixiaba.
—¿Alec? —llamó Leo, sobresaltado.
Lia lo miró por el retrovisor, pasando los ojos de forma nerviosa entre el frente y el espejo.
—¿Qué le sucede?
—No lo sé, parece que no puede respirar —Leo intentó ayudarlo a incorporarse, pero lo