Los dedos de Alec le rodearon la muñeca antes de que ella pudiera apartarse. Serethia se estremeció y retrocedió, intentando soltarse, hasta que la pared no se lo permitió. Alec la sostuvo firme y sus ojos, gélidos como el hielo, se clavaron en los de ella, tan pesados como cuando le había preguntado por Leo.
—¿Qué no entiendo? —murmuró, tan cerca que su aliento rozó sus labios, haciéndola temblar—. ¿Que un vínculo no es más que un impulso químico… una excusa para acostarte con quien sea?
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