Los dedos de Alec le rodearon la muñeca antes de que ella pudiera apartarse. Serethia se estremeció y retrocedió, intentando soltarse, hasta que la pared no se lo permitió. Alec la sostuvo firme y sus ojos, gélidos como el hielo, se clavaron en los de ella, tan pesados como cuando le había preguntado por Leo.
—¿Qué no entiendo? —murmuró, tan cerca que su aliento rozó sus labios, haciéndola temblar—. ¿Que un vínculo no es más que un impulso químico… una excusa para acostarte con quien sea?
La tomó por la cintura, acercándola a su cuerpo desnudo, y sus dedos se introdujeron debajo de la sabana, mientras sus ojos no dejaban de mirarla. Serethia se dejó hacer, no encontrado fuerzas para resistirse. No cuando un suave hormigueo la hacía desear más.
Alec dejó que sus dedos se deslizaran por su piel con lentitud, deteniéndose en su vientre bajo, justo cuando ella contuvo el aliento y la sabana que la cubría cayó al suelo. Ante esto, sonrió de lado y, cuando ella cerró los ojos, añadió:
—Dime