Algo húmedo y frío golpeó el rostro de Serethia, cortándole la respiración. Las gotas caían desde la regadera, salpicándole la piel y colándose entre sus pestañas cerradas. El sonido del agua caía como un murmullo constante, casi hipnótico, pero la helada sensación la obligaba a parpadear y aspirar aire de forma entrecortada. Poco a poco, su mente empezó aclararse y, con cada respiración, sus sentidos despertaron, captando los sonidos y olores que estaban a su alrededor.
Abría los ojos, percatá