Se incorporó con torpeza, cojeando un poco. Cada paso le arrancaba un gemido que se obligaba a reprimir, mordiéndose el labio. Pero tenía que apartarse, escapar del peso abrasador de aquella mirada. Apenas avanzó un par de pasos antes de que su voz la alcanzara.
—Esto…—empezó él, de forma un poco torpe, pero su voz fue como un roce que le quemó los oídos.
Serethia no quería escucharlo. No podía… porque si lo hacía, todo dentro de ella terminaría por resquebrajarse.
—Esto nunca debió pasar, pero