El ardor se volvió insoportable, despertando algo más profundo que el dolor: un deseo primario que la empujaba a moverse, a buscarlo, a desgarrar todo a su paso si era necesario.
Entonces, sus ojos finalmente lo vieron. El humano que la lastimaba con solo tocarla. Una voz, un eco casi inexistente, le decía que debía alejarse, que ese contacto era corrosivo, veneno ardiente… pero el llamado del rey Alfa la estaba destrozando. Su reclamo era tan poderoso que la había arrastrado a un celo como forma de demostrar su dominio.
Tal vez era debido al vínculo debilitado, pero algo profundo, en su sangre aún marcada por el lazo con Kaelvar, la empujaba hacia un humano… y su cerebro no pudo seguir poniendo resistencia a acercarse.
Cuando sus labios se encontraron, la descarga la atravesó como un rayo, mezclando dolor y deseo hasta que se volvió imposible distinguir entre ambos. Cada caricia encendía más su cuerpo, cada roce apagaba un poco el fuego que la consumía y, al mismo tiempo, lo avivaba