Estaba oscuro, pero no tenía frío. El calor la devoraba, y el cálido aroma que la rodeaba la arrullaba suavemente. Quería quedarse así y no sentir más dolor. Pero entonces otra vez lo sintió. Él la reclamaba. Y, respondiendo al llamado, sus ojos se abrieron.
Al principio, su mirada permaneció fija en el techo, buscando su olor, su vínculo. Pero se sentía tan distante, casi inexistente, como si estuviera en otro plano. Entonces un vacío le empezó a oprimir el pecho y le crispó la piel, como si algo en su interior se estuviera desgarrando.
Giró la cabeza hacia un lado, aunque sus ojos no enfocaron nada. No veía, no pensaba. Solo sentía a su instinto exigirle hallarlo, como si cada segundo sin él aumentara la tortura que estaba sintiendo su cuerpo.
Respiró hondo, tratando de tomar los resquicios de su aroma. Era tan distante, casi inexistente, pero fue suficiente para arrancarle a su cuerpo un temblor y gemidos entrecortados a su garganta.
Empezó a respirar de forma lenta y cada jadeo es