Estaba oscuro, pero no tenía frío. El calor la devoraba, y el cálido aroma que la rodeaba la arrullaba suavemente. Quería quedarse así y no sentir más dolor. Pero entonces otra vez lo sintió. Él la reclamaba. Y, respondiendo al llamado, sus ojos se abrieron.
Al principio, su mirada permaneció fija en el techo, buscando su olor, su vínculo. Pero se sentía tan distante, casi inexistente, como si estuviera en otro plano. Entonces un vacío le empezó a oprimir el pecho y le crispó la piel, como si a