Alec no podía dejar de mirarla. Cada movimiento, cada susurro que escapaba de sus labios, parecía tejer un hechizo que lo mantenía hipnotizado. Mientras sus cuerpos se unían, se aferraba a cada gesto, a cada suspiro, cada expresión de placer que iluminaba el rostro de Serethia.
Cada detalle de ella parecía grabarse en lo más profundo de su memoria, dejando una huella imborrable.
Por primera vez, mientras la tocaba, el vacío que lo habitaba se desvaneció. Se sintió completo mientras sus cuerpos