Alec no podía dejar de mirarla. Cada movimiento, cada susurro que escapaba de sus labios, parecía tejer un hechizo que lo mantenía hipnotizado. Mientras sus cuerpos se unían, se aferraba a cada gesto, a cada suspiro, cada expresión de placer que iluminaba el rostro de Serethia.
Cada detalle de ella parecía grabarse en lo más profundo de su memoria, dejando una huella imborrable.
Por primera vez, mientras la tocaba, el vacío que lo habitaba se desvaneció. Se sintió completo mientras sus cuerpos hablaban sin palabras, respondiéndose al compás de una melodía silenciosa que vibraba en cada roce, en cada latido, en cada respiración que sus cuerpos compartían.
Incluso después del clímax, seguía mirándola, ensimismado en la forma en que sus ojos y su rostro le hablaban sin decir una palabra, como si todo en ella fuera lo único real en esa existencia… y se complementara justo con la de él.
Se perdió en el ritmo lento de su respiración, cada vez más tranquila. En como sus ojos se cerraban, co