—A veces hubiese preferido ser asesinada por el rastreador —dijo, cruzándose de brazos.
Alec sonrió, esta vez con suavidad.
—Toma —dijo de pronto, tendiéndole la bolsa de papel con la que le había tocado la nariz—. Creo que puede ayudarte.
Serethia tomó la bolsa sin entender. Dentro encontró unos guantes blancos, que cubrían hasta los codos. Los miró en silencio, desconcertada.
—Creo que pueden ayudarte con… la toxicidad humana —explicó Alec.
Por un momento, Serethia no supo que hacer además de