Serethia despertó con un sobresalto, y mientras miraba a su alrededor, tratando de recordar donde estaba, notó que afuera estaba oscuro; en algún momento de su miseria, se había quedado dormida sin querer. No podía calcular cuantas horas había descansado, pero su cuerpo y estomago seguían sintiéndose pesados.
Se incorporó un poco, con esfuerzo, sintiendo como el aire frío rozaba su piel húmeda por el sudor cuando la sabana resbaló de su cuerpo. Aunque las falsas velas del candelabro resplandecí