Serethia esperó inmóvil hasta convencerse de que no volverían, antes de decidir retomar su descenso hasta que la sabana llegó a su fin.
Giró la cabeza a la derecha, midiendo la distancia al edificio vecino, donde estaba la pared de enredaderas. Después, tensó los brazos y se balanceó, estirando una mano, pero no alcanzaron más allá que el aire. Respiró profundo y, tras impulsarse con más fuerza, se lanzó a las hiedras.
Sus dedos, esta vez, se apretaron a los tallos húmedos, pero la rama cedió