La noche se sentía espesa, como si los árboles susurraran advertencias que yo, en mi infinita terquedad, decidí ignorar.
—No vayas sola, Luna —me habían dicho.
Pero claro, cuando has sido una loba solitaria durante tanto tiempo, lo último que haces es aceptar órdenes de otros, incluso si ese “otro” es el Alfa que te acelera el pulso con solo respirar cerca. Así que salí. A “patrullar”, según mis palabras. A pensar, en realidad.
A pensar en él. En la loba blanca del diario. En todo lo que parecí