El olor a cuero envejecido, tinta antigua y polvo se convirtió en mi nueva obsesión. La biblioteca del clan no era lo que uno esperaría de una manada de lobos salvajes y gruñones. Era enorme, silenciosa y con una calidez que me envolvía como una caricia olvidada. Me refugié ahí porque era el único lugar donde nadie me miraba como si fuera un error esperando a suceder.
Excepto por el anciano bibliotecario que me seguía con la mirada cada vez que hojeaba un libro que parecía tener más años que la