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El aire olía a tormenta. No a una literal, no todavía. Era una de esas tormentas silenciosas que se agazapan en los márgenes de lo cotidiano, cargando la atmósfera de electricidad invisible. Y yo... yo era el pararrayos.

Caminé por los pasillos de la casa principal, descalza, con el suelo frío bajo mis pies, como si el contacto con la piedra me ayudara a pensar mejor. A mantenerme firme. Porque si me detenía un segundo más, si escuchaba ese zumbido incesante dentro de mi pecho, iba a caer.

Otra
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