El amanecer se deslizó con lentitud por las ventanas de la cabaña, tibio, silencioso… como si también él supiera que después de tantas noches rotas, al fin necesitábamos paz.
Mi pecho subía y bajaba de forma lenta, acompasada, por primera vez en semanas sin esa presión constante. La manta me cubría hasta los hombros, pero lo que realmente me envolvía era su brazo. El de Aiden. Fuerte, cálido, firme. Su cuerpo dormía a mi espalda, respirando profundo, confiado, como si por fin pudiera bajar la g